Algunos esperaron cuatro años antes de repetir la experiencia. Otros habían fracasado varias veces en el intento debido al aguanoso clima que calaba hasta los huesos. Yo no sabía a lo que me iba a enfrentar y solo por referenciasconocía el itinerario de los próximos cinco días que prometía muchas ampollas.
Tres horas en furgoneta y Guarguallag nos esperaba con un consistente desayuno acompañado de amanecer, en tanto que internamente no dejaba de maldecir el frío pensando que a esa hora habría estado mejor en mi cama. Los siguientes veinticuatro kilómetros que nos separaban del primer campamento fueron de yermo paisaje, breves y mutuos interrogatorios entre expedicionarios, y lógicamente de sudor y cansancio.
Pronto el final del día, un raso Sangay se dejó ver entre las nubes del horizonte. A nuestro guía nativo Manuel le pareció un buen augurio ya que según él, pocas veces un clima como ese acompaña a estos viajes. Sin embargo la distancia del volcán nos indicaba lo tortuoso de la ruta hasta su cumbre.
Casi al anochecer y tras diez horas de caminata descendíamos al llano de Plazapamba donde pernoctamos después de devorar una de las mejores meriendas que he probado. A esas alturas de la andadura los nueve turistas y dos guías ya nos conocíamos, éramos camaradas y compartíamos anécdotas y bromas.
Pasada primera hora, desayunados, listos y motivados para continuar emprendimos la marcha internándonos ya en el Parque Nacional. Durante el periplo de ese día no dejé de preguntarme los motivos que inducen a una persona a decidir caminar tanto, remontando cien veces su estatura para descender otras cien y así por mil veces: quizás para probarse a sí misma?, poder ver lo que otros no han visto?, hacer deporte?, penitencia?, despecho?, o simple locura?.
El trayecto nos llevó a transitar sobre largas aristas, subir empinadas cuestas, cruzar cristalinos ríos, y hasta observar fauna silvestre: una danta, un venado, una águila... El sol se mostró benévolo y solo apareció para brindar luz. La mama abuela Sangay Chime seguía mostrándose abierta y dispuesta a acogernos en su territorio, aunque no parecía acercarse ni un metro.
Agotados los diez y medio kilómetros entre campamentos llegamos a La Playa donde luego de armar carpas decidimos dejar nuestro cansancio en las gélidas aguas del riachuelo que la bañaba. El plan era cenar pronto, descansar unas horas y llegada medianoche emprender la peregrinación hacia la cima del volcán de Macas, y así fue.
Lastimosamente a los 4.570 m/snm, una persistente avalancha de piedra truncó nuestro objetivo de cumbre. La falta de nieve debido al buen clima que ponderábamos había provocado deslizamientos de roca. Tras resultar heridos Carlos y Mateo, y un momento de reflexión sobre la delicada situación, se impuso la experiencia y responsabilidad de nuestro guía Ivo, y el equipo decidió regresar dejando para otra ocasión la llegada a los 5.230 m/snm.
Un tanto abatidos por la aparente derrota debimos escuchar más de una vez por parte de los lugareños eso de que “la montaña siempre estará ahí en espera del regreso y no se moverá”. El ánimo fue cambiando al pasar las horas visto que nuestro esfuerzo no fue en vano. Si bien el objetivo era coronar el nevado, ya habíamos conseguido mucho al acercarnos bastante al más inaccesible de todos.
Los siguientes dos días nos sirvieron para desandar la ruta y comprender otras enseñanzas de la montaña. Por ejemplo, que la amistad sembrada entre bosques de cordillera y ríos de deshielo, entre altiplanicies yermas y crudos horizontes refleja la grandeza de esos parajes, en contraste con la fraguada en estrechos y sofocantes escenarios citadinos.
Por supuesto regresaremos.
Texto: Daniel Escobar Beltrán
Fotografias: Mateo Ponce y Daniel Escobar Beltrán